Oficio de tinieblas

Si algo puede decirse del bello oficio de librero, amén de encontrarse en peligro de extinción, es que se trata de un oficio divino: el buen consejo de un apasionado de los libros puede tornarlo nuestro ángel de la guarda o su comentario superficial, ignorante y hasta maledicente puede malograrnos para siempre.

Rafael Toriz

Prosista de amplio espectro. Actualmente se desempeña como asesor cultural del Fondo de Cultura Económica en Argentina.

Twitter @ninyagaiden

Si algo puede decirse del bello oficio de librero, amén de encontrarse en peligro de extinción, es que se trata de un oficio divino: el buen consejo de un apasionado de los libros puede tornarlo nuestro ángel de la guarda o su comentario superficial, ignorante y hasta maledicente puede malograrnos para siempre. Se trata de una labor que comunica en un instante al cielo con el diablo.

Charles Nodier, célebre vampirólogo y entomólogo francés, escribió que “después del placer de poseer libros, poca cosa hay más dulce que hablar de ellos”, y tuvo toda la razón. Hablar de los libros que se han leído —e incluso de los que no se han leído, como sugiere Pierre Bayard— es una manera de volver a saborearlos y poseerlos a cabalidad. Un libro no ha perdido del todo su castidad hasta que es acariciado o defenestrado de boca en boca, dando pie a un condimento esencial en el arte de la palabra: el chisme literario, esa fuente suculenta de la que mana el ensayo. La plática, sin lugar a dudas, es el mejor lubricante conocido para aceitar la vida en sociedad. Y en ese instante es cuando aparece el librero, voz autorizada para sugerir apetitos y lecturas. Su trabajo, a la manera de un cicerone, es alumbrar esas casas con espectros que son las bibliotecas.

 El librero comprometido, a no ser que se trate de un cretino, es la encarnación de la hidalguía.

Recuerdo ahora unas palabras de uno de los personajes entre depravados e hilarantes típicos de Sergio Pitol (El desfile del amor): “Cuando lleno un formulario, jamás se me ocurre llenar el espacio dedicado a la profesión con la palabreja ‘escritor’, ni siquiera ‘editor’, sino ‘librero’. La considero, sabe usted, una actividad más noble y más limpia. Por regla general, el librero no odia a sus compañeros de profesión. El escritor sí. Mueve cielo y tierra para cerrarles el paso. Se dedica a desprestigiarlos, a hacer llover sobre ellos mares de inmundicia, toneles de carroña, cubos de escoria”. El librero comprometido, a no ser que se trate de un cretino, es la encarnación de la hidalguía.
Mi historia con los custodios de los libros ha sido mayormente provechosa. Mis primeras sugerencias literarias se confunden, pero alcanzo a distinguir los cuentos que mi madre nos contaba, historias repetidas una y otra vez hasta que la fatiga la hizo determinar “a partir de ahora leerán sus propios cuentos” y nos regalaría a mí y a mi hermano una colección de relatos formidable. Luego, durante la primaria, alguna tía insistiría con la poesía declamatoria de Amado Nervo y los versos de Nezahualcóyotl, con la precisa intención de ver en la poesía una guía de las buenas maneras, suerte de corolario de la clase de civismo. Por azares del destino o acaso por la extraña moral que suele campear entre lectores, esa misma tía fue quien me prodigó a los 14 años un hermoso tomo con las Narraciones completas de Poe, que se ha perdido para siempre. Una vez descubierto ese maravilloso mundo siniestro, la experiencia se vería completada por El retrato de Dorian Grey, libro que mi padre me dio cuando todavía no era consciente del rumor ronco del tiempo. Posteriormente, con la excepción honrosa de dos maestras de secundaria, tuve el infortunio de contar con profesores abocados a recomendar lecturas espantosas para un adolescente calenturiento: de las aventuras del Cid campeador hasta las gracias y desgracias de Calixto y Melibea, encontré en la escuela un excelente antídoto para alejarme de la lectura. Por definición, la escuela como la vivimos existe para castrar los más espléndidos placeres.

Poco tiempo después, ya con la necesidad de evasión combinada con el placer de la lectura, fui conociendo a esos seres ambiguos, invariablemente de anteojos, extrañas maneras y facilidad de palabra que en ocasiones me han prodigado incontables maravillas y en otras, no pocas, arteras mentadas de madre.

Debo a la solícita recomendación de un librero- poeta mi conocimiento de Bohumil Hrabal, autor que ha transformado mi vida y por el cual le vivo agradecido; debo a otro mis inicios tormentosos en la obra de Saussure y Benveniste, y a uno más, librero generoso en toda la extensión de la palabra, el sendero que me llevó a perderme y encontrarme en los abismos foucaultianos. Eugenio Palomo, sólo un nombre para algunos, es la prueba de que dicha profesión conoció momentos de esplendor en la patria mexicana.

Como sucede con todo lo en la vida, en últimas fechas el oficio ha caído en manos de vanos mercaderes, gente sin pasión y sin criterio a cuyas preguntas imper- tinentes un lector sensible y cultivado no puede sino responder con fastidio. El oficio de librero es un tanto más digno por su carácter accesorio y circunstancial, por ese contrato invisible en que yo, ciego, me dejo conducir por unos ojos que han recorrido el camino antes, viajeros de innúmeros continentes que saben en qué lugares conviene detenerse y desplazarse, insistir o naufragar. Nada ni nadie puede obligar al librero a compartirnos sus afanes, de ahí la gratuidad de su labor, que destila belleza.

Un librero dedicado es el comodín de la baraja, aquel que sugiere una ruta que puede sernos provechosa: el librero verdadero es un susurro que nos alienta, como Virgilio en el infierno, entre los bosques y la noche.

Desde luego, en tanto lector consagrado, es un potente crítico literario, conspicuo podador de la mala hierba al que la experiencia ha curtido en sinsabores. Un librero sin filias ni enconos, por más insólitos o arbitrarios que parezcan, resulta tan sabroso como un chayote sin sal. Hay que estar en contra o favor de algo, pero no quedarse en una tibieza pudibunda. Hay que ser aventurero, arriesgado, un apostador orate o por el contrario un agudo defensor del canon. Hay que empeñar la vida en lo que se dice y saber cuándo retractarse. A veces hay que imponer el gusto y otras observar absoluta mansedumbre pero, sobre todo, hay que amar los libros con una devoción insana, sabiendo que el calor que prodigan, como todo en la vida, es momentáneo y pasajero; y que el fuego con que abrasan está henchido por el recuerdo de antiguos amores.

Personalmente, profeso un gran afecto por los libreros debido su carácter de custodios del mejor convenio que concibo entre la boca y el oído: el encanto.

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