Mañana algún día.

EL poeta Leslie Dolejal Carcía nos comparte uno de sus poemas

Leslie Dolejal

Musico y poeta.

Mañana algún día.

La paloma vino

y se posó en las acémilas

a recitar el olor a nardo

de las barcas,

pepinos de mar y reinos de cárceles

para los pescadores

tendían sus barras grises en la orilla,

y más allá la aduana asimilaba

en los cuadernos contables

cuánto habrían de pagar para mañana,

por dónde un día sería hoy,

y hasta dónde tenían derecho los hombres

de mirar sobre las barcas.

 

Esta es la edad

en que lo encuentras todo,

la edad

en que las ilusiones se marchan

y queda frente a ti la realidad,

la edad en la que los marchantes

no quieren comprar más jitomate

en la rebaja;

los grandes pájaros indican

junto a la ventana

que ya no tiene sentido amar

ni recordar

ni ser valiente,

todos han terminado huyendo

en el mismo barco detrás de las columnas

que nacen del rigor

que nos impone ser algo,

y hacia las cocinas del puerto,

donde el día parece que se parte,

las mujeres amasan harina para pan

en una palangana.

 

 

 

 

“pepinos de mar y reinos de cárceles

para los pescadores

tendían sus barras grises en la orilla”

II

A reventar cayenas

vino el aroma vago de la tarde,

los hombres hablaban de encontrar al pescador

y entre copa y copa

arrumbaban en las aves de río la mirada.

Año tras año,

donde las flores revientan amarillas,

llegaron a esperar noticias

que trajeran los buques,

hasta que un día las calles

terminaron por perderse

entre lomas minerales

volviéndose absolutas,

y ahí sólo encontraron más pelícanos.

Los viejos limpian las sienes

de las máquinas grasosas,

dicen con todo

que hay que quitar el lodo de las quillas.

Ahora están sentadas

todas las palomas que bullen en el puerto,

las escucho zurear

entre las hojas negras de los árboles

y dicen que amar

es parecido a considerar cada uno de los nombres

que uno elige al escribir palabras.

También amar es parecido al silencio.

Lo he visto en las caras de los viejos

cuando entraron fastidiados a jugar baraja,

luego se pusieran a lavar los platos.

Algunos dicen que eres un elefante portentoso,

que tú sabes que los hombres

sólo pueden agotarse en asuntos importantes,

que los hombres sólo dan la vida

por asuntos importantes,

y donde se pudre el tiempo

terminan soñando el regreso de las barcas.

III

A donde vayan los hombres

no quiero ir yo,

a donde digan que hay acierto

no quiero ir yo,

a donde dejen un día discreto para hablar,

a donde se dispongan a escuchar las diferencias,

a donde comiencen a encauzar para nosotros,

no quiero ir yo,

a donde los barcos parezcan más hermosos,

a donde las grandes ideas florezcan,

a donde cada uno tenga que dejar de ser para ser,

no quiero ir yo,

ahora sube,

déjame sentir tu piel,

domadora de caballos,

domadora de hombres.

IV

 Subir a ser el delicado mar

después de hacer más claro este pertrecho,

luego de abandonar la sal, el hecho

de continuar la vida ha de soñar

un barco en la estación, y a reparar

la lluvia vendrán nubes por el techo.

No aguardo amar el tiempo en este lecho

ni por morir me angustia respirar,

quizás, amar, amada, el mar, sea esto:

los barcos nos regresan su canción,

y ser un ser que es todo sea instrumento.

 

Azul será la sal el día que quieras,

la parte de esta historia en la oración,

mi nombre, que no es nombre, ni lamento.

 

V

Pero dime,

¿en serio crees que están mal estos cajones?

¿Que uno por creer o no creer

de la manera en que lo dictan

está bien o está mal?

Yo no lo creo,

madre,

yo creo que el hombre mismo

se fabrica sus pregones

y que luego se va a esconder

ignorando lo que sabe

y que no se lo vuelve a decir jamás.

Yo creo,

madre,

que el hombre es un fantasma,

un niño escondido,

alguien que no es capaz

de mirarse con ternura en el espejo.

VI

Ese pájaro sin risa

venía bronceado

silbando por el patio.

Tú y yo íbamos solos,

como siempre,

a ras del mar,

charlando,

bebiendo una cerveza.

Y un poco más allá

los pinos doblados

nos daban la sensación

de estar cantando con el norte.

¿Lo escuchas?

¡Qué nivel de pájaros frutales!

Como un viejo

alebrestado entre las dunas

el viento bajaba

con su hedor a petroquímica

a drogar soldados.

Y las gaviotas

iban surfeando el Golfo

a ras del mar,

metiendo sus picos anaranjados

en las crestas.

Oh, no te pongas triste,

no esperábamos esto,

¿cierto?

La bruta forma

de encontrarlo todo.

Un poco más al fondo,

por la orilla del río,

sentado entre las piedras,

hay un cántaro.

Lo sé porque está triste,

en él gotea la lluvia

como en un escenario,

y está ahí vacío,

cantando.

Es la hora en que los viejos piensan

cómo van a regresar

y les parece indigno el equipaje.

Hace años parecían seres indiscretos

que fumaban la memoria

cada vez que entraba la neblina.

Ahora sólo parecen hombres

que se han reunido a ver el puerto.

Un barco cruza por el río

y bajo el puente

ha comenzado la borrasca.

El agua lleva su puñado de lirios.

Eso es todo lo que pasa,

lo que ha pasado siempre.

Yo vi la arena aquí desmoronarse

como una yegua tibia,

eran los días en que abuela me trajo

a conocer el mar.

 

 

 

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